La leche uno de los alimentos básicos en la alimentación humana

Importancia de los lácteos en la alimentación infantil

Dra. Dña. Ana Haro García, Farmacéutica y Tecnóloga de los Alimentos.

La leche es uno de los alimentos básicos en la alimentación humana. Desde un punto de vista nutritivo, la leche y sus derivados contribuyen de manera importante a una correcta alimentación en la niñez y en la adolescencia, al ser alimentos especialmente ricos en proteínas y calcio de fácil asimilación, nutrientes muy importantes en las etapas de crecimiento y desarrollo, así como en el mantenimiento de la masa ósea y muscular en la edad adulta.

La ingesta diaria de lácteos tiene una gran importancia en esta fase de la vida en la que se da existe una elevada demanda de calcio.

En nutrición infantil, uno de los principales objetivos es lograr un óptimo estado nutricional y mantener un ritmo de crecimiento adecuado a la edad del niño. El crecimiento es un indicador fiable de salud y está condicionado por multitud de factores, entre los que cabe destacar el tipo de alimentación. Crecimiento y nutrición están íntimamente relacionados.

En esta etapa vital, también, es importante promover la adquisición de unos hábitos alimentarios saludables que ayudarán a prevenir la aparición de enfermedades de base nutricional que podrían aparecer en la edad adulta. La instauración de unos hábitos dietéticos apropiados adquiere así una gran importancia, entre otras cosas, porque, una vez establecidos éstos, son difíciles de modificar, persistiendo en gran parte para toda la vida. Una nutrición óptima en la infancia repercute en un buen estado de salud, a corto y largo plazo, y una mejor calidad de vida en la edad adulta, e incluso  en una mayor longevidad. Pero, estar bien alimentado no siempre significa estar bien nutrido.

Se considera que una dieta es adecuada cuando consigue un aporte de nutrientes en cantidad suficiente para satisfacer las necesidades del organismo. Una dieta saludable es, por tanto, una dieta equilibrada y variada y, como tal, debe incluir alimentos de todos los grupos, además de mantener una adecuada proporción entre hidratos de carbono, proteínas y grasas. La dieta deberá estar ajustada a las necesidades energéticas y nutricionales del niño en función de su edad, su desarrollo físico y emocional, y el grado de actividad física que realice.

La alimentación a estas edades está condicionada por la velocidad de crecimiento y la creciente actividad social del niño. A partir de los tres años de edad el crecimiento se mantiene más o menos estable hasta llegar a los seis años, donde se produce una paulatina desaceleración en la velocidad de crecimiento, y por ello una disminución de las necesidades de nutrientes y del apetito, que finalmente se incrementa en el estirón puberal (aproximadamente a los 12 años), antes de alcanzar la madurez.

 

Los lácteos, imprescindibles

La leche y los productos lácteos constituyen uno de los principales grupos de alimentos en la nutrición del niño. Su ingesta diaria tiene una gran importancia en esta fase de la vida, donde existen unas elevadas demandas de calcio. El calcio es elemental para desarrollar unos huesos fuertes y sanos. Si los niños y adolescentes no suplen las necesidades de calcio en las etapas de crecimiento, no lograrán compensar ese déficit más tarde. Tanto en niños como en adolescentes, se estima que debe haber un consumo diario de tres raciones de lácteos (como leche, yogur, queso, etc.), y difícilmente se pueden cubrir las necesidades diarias de calcio sin incluir a los lácteos en el desayuno, además de poder estar presentes en el resto de comidas del día.

Los lácteos deben aportar aproximadamente la cuarta parte de las proteínas y las tres cuartas partes del calcio y fósforo necesarios para la mineralización del hueso y de los dientes. Esto no se consigue si no se consumen al menos 500 mL/día de leche o sus equivalentes lácteos (250 mL de leche = 2 yogures).

En niños mayores de tres años, la ingesta diaria de lácteos permite un crecimiento óptimo y ayuda a conseguir un pico de masa ósea idóneo para el mantenimiento de una buena salud ósea en la edad adulta.

Además, el calcio procedente de los productos lácteos normaliza la proporción de grasa corporal, reduciendo el riesgo de obesidad. En este sentido, parece que los lácteos pueden ayudar a mantener el peso.

La amplia variedad existente de productos lácteos (leche, yogur, quesos, batidos, helados, etc.), facilita su consumo por parte de los niños al ofrecer alternativas atractivas y saludables de este tipo de alimentos, mejorando la calidad nutricional de la dieta.

 

Valor nutricional de los lácteos

La leche es un alimento muy complejo en cuanto a su composición, y aporta una amplia y equilibrada variedad de nutrientes que garantizan un crecimiento y desarrollo óptimos en las etapas de crecimiento. Por esto, se considera un alimento especialmente aconsejado durante la niñez y adolescencia.

Energía: El valor energético de la leche y derivados depende fundamentalmente del contenido en grasa. Así, por ejemplo, un vaso de leche suministra 134 kcal, 98 kcal y 74 kcal, según sea entera, semidesnatada y desnatada. Es bastante más elevado en los quesos y menor en yogur y otras leches fermentadas.

Proteínas: Son alimentos especialmente ricos en proteínas (caseína, lactoalbúmina y lactoglobulina). Se dice que las proteínas lácteas tienen una alta calidad biológica, porque contienen prácticamente todos los aminoácidos esenciales que el organismo necesita. Además, son proteínas fácilmente digeribles y sus aminoácidos constituyentes son absorbidos rápidamente.

La combinación de leche con los cereales (pan, cereales de desayuno) mejora la calidad proteica de éstos últimos, ya que la leche es rica en lisina y triptófano, aminoácidos de los que los cereales son deficitarios.

Las proteínas de la leche, tras la acción de las bacterias lácticas presentes en algunas leches fermentadas, como el yogur, dan lugar a péptidos bioactivos, con posibles efectos antihipertensivos, antioxidantes, inmunomodulantes y antimicrobianos.

Hidratos de carbono: Los hidratos de carbono están representados mayoritariamente por la lactosa, que junto con el agua, son los principales componentes de la leche.

La lactosa posee un poder edulcorante bajo, si se compara con la sacarosa o azúcar de mesa habitualmente consumido, y precisa para su digestión de la presencia de un enzima, llamada lactasa, que es segregada por las células de la mucosa de intestino delgado.

La lactosa se digiere y absorbe lentamente en el intestino delgado, lo que le confiere un efecto saciante. Además, la lactosa facilita la absorción del calcio y contribuye al desarrollo de la flora bacteriana intestinal, clave para la salud del niño.

Hay personas que tienen un déficit en lactasa, lo que impide que la lactosa de la leche sea digerida, por lo que pasa sin desdoblar al colon, donde por acción de las bacterias intestinales, se transforma en ácido láctico, ocasionando molestias gastrointestinales, que cursan con diarreas muy características por intolerancia a la leche. Muchas veces estas intolerancias se producen en personas con celiaquía o son ocasionales por problemas puntuales como una diarrea.

Grasa: Respecto a su contenido en grasas o lípidos, la leche y los lácteos, en general, son ricos en grasa saturada. Pero en comparación con otros alimentos, la leche presenta un contenido relativamente elevado en ácidos grasos de cadena corta y media, cuya absorción es rápida. Estos ácidos grasos presentan efectos beneficiosos para persona con síndromes de mala absorción, síndrome metabólico, problemas en el metabolismo del colesterol, así como en niños malnutridos.

La grasa es un nutriente energético, necesario para el buen funcionamiento y desarrollo del organismo del niño, y vehiculiza a las vitaminas liposolubles, como la A y la D, facilitando su absorción. Esta última vitamina es necesaria para la absorción del calcio y mineralización del hueso y se obtiene sobre todo de los lácteos enteros, aunque también se puede sintetizar en la piel con ayuda de la luz solar.

Sin embargo, conviene tener en cuenta que no todos los lácteos son alimentos ricos en grasa. El contenido en grasa es alto en la mantequilla y los quesos grasos, no así en la leche, yogur y cuajada, al igual que en los quesos frescos. La amplia variedad de productos lácteos permite adecuar el lácteo que mejor se adapte a las necesidades nutricionales de cada niño.

Minerales: Los minerales están presentes en pequeña proporción, sin embargo, esto no les resta importancia desde un punto de vista nutricional. Destaca especialmente su contenido en calcio, fósforo, magnesio, potasio y cinc.

El calcio de los productos lácteos se diferencia no sólo por la cantidad de este mineral sino también por su buena biodisponibilidad. La absorción de calcio se ve favorecida por la presencia de lactosa y vitamina D. Es importante asegurar un aporte adecuado de calcio en la infancia con el fin de asegurar una mineralización ósea que permita prevenir la osteoporosis en la edad adulta.

Su contenido en hierro es bajo, pero los lácteos con alimentos útiles para ser fortificados con hierro.

Vitaminas: Las vitaminas B2 y B12 se encuentran en cantidades importantes, cubriendo prácticamente las necesidades diarias de las mismas con las raciones recomendadas. Las vitaminas B1, B6, C y E están en menor proporción.

Las vitaminas liposolubles, como las vitaminas A, D, E y K, son proporcionales a la cantidad de grasa y se pierden en los procesos de desnatado, aunque en estos casos, estos alimentos suelen suplementarse o enriquecerse con objeto de suplir dicha carencia.

 

Saber más

En general, el Comité de Expertos en Nutrición de la ESPGHAN (Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica) recomienda que se evite la ingestión de leche de vaca hasta el tercer año de vida, siendo aconsejable seguir con fórmulas adaptadas (leche de continuación) hasta esa edad, o bien dar leche de crecimiento o junior (intermedia entre la leche de continuación y la de vaca), más ajustadas a las necesidades de los niños en esta etapa. Sin embargo, esta recomendación puede ser excesiva para la población en general y debe ser indicada por el pediatra. Los expertos igualmente recomiendan que, incluso en casos de sobrepeso , no se deben incluir en la alimentación del niño, leches desnatadas o semidesnatadas, antes de los 3 años de edad. La leche semidesnatada no debe darse antes de los dos años de edad y la desnatada no antes de los cuatro, y tan sólo se indicará su empleo en caso de que exista riesgo cardiovascular o de obesidad y siempre bajo la supervisión de un facultativo.

 

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